Una de las paredes se componía únicamente de vidrio- del piso al techo-, y el resplandor del sol vestía a toda la sala, pero se atenuaba considerablemente en el ángulo donde estaba sentado el anciano, debido a la orientación del edificio.
El piso era una inmensa superficie negra y brillante, y parecía que desde su construcción jamás nadie hubiera pisado allí, y por allí se arrastraba la claridad y los reflejos de algunos adornos fijados a las paredes altas.
El techo parecía más lejano todavía por las bóvedas metalizadas que le daban un aspecto de algo así como una iglesia medieval traducida a un lenguaje moderno de volúmenes de aire que imponían al espectador ocasional ante los conceptos de Santidad y Omnipotencia.
El anciano, situado en el ángulo más resguardado de la luz, parecía mínimo sentado en su silla, a lo que coadyuvaba la presencia del soldado parado a su espalda: un joven soldado alto en uniforme como de estreno.
Éste permanecía de pie, impasible, y la visera de la gorra, que casi le cubría los ojos, le daba una apariencia deshumanizada.
En el anciano, vestido de oscuro, resaltaba la cabellera canosa y un cierto aire de derrota en su pose desgarbada en la silla.
Los dos permanecían en silencio, ya que los dos sabían que no debían hablar: uno por disciplina, y el otro sumido en su cavilar.
Después de una eternidad de espera, otro uniformado- al que caracterizaba un entorchado sobre un hombro, se acercó marcialmente al anciano y al soldado y dio una orden con un volumen de voz que se perdió en la inmensidad de la sala, lo que originó que el soldado perdiera su inmovilidad y el anciano comenzara lentamente a erguirse.
Cuando estuvo de pie, los dos soldados lo flanquearon y juntos caminaron hacia las enormes puertas de madera oscura, que se abrieron silenciosamente, y así también se cerraron detrás de los tres, después que pasaron al siguiente recinto.
A esto siguió un largo rato de silencio y luz, y pareció que el tiempo se hubiera detenido.
Pero pocos minutos, por otra puerta lateral, entró una formación de soldados que montó un dispositivo de protección, y no mucho tiempo después comenzaron a entrar periodistas, corriéndose entre ellos para conseguir una mejor ubicación, hasta que llegaron hasta la barrera de soldados.
La espera terminó cuando un Ujier abrió las puertas y la barrera de soldados impidió a los periodistas acercarse, y aún, formó un corredor hacia otra puerta.
Entonces apareció el anciano- tenía en los ojos algo así como un asombro indignado-, mínimo, entre cuatro soldados, uno de los cuales lo tomaba del brazo, y lo condujeron por el corredor de uniformes hasta la otra puerta y por allí desapareció, no sin antes haber sido retratado por cientos de focos de cámaras y luces intensas de cámaras de tevé y y llovido por gritos inútiles de periodistas.
El anciano se llamaba Klaus Barbie. Había sido un oficial del ejército nazi y en esa función, durante la ocupación alemana de Francia, cometió todas las atrocidades que le dictó la soberbia de saberse una pieza del Partido dueño del mundo.
Cuando la guerra terminó con la derrota de su partido y su país, Barbie pasó a trabajar para el bando vencedor- para el ejército norteamericano-, y despùés, con la ayuda del Vaticano y el disimulo norteamericano e inglés, viajó clandestinamente a Sudamérica- donde se desempeñó como torturador y asesino en Bolivia y Paraguay-, y allí se radicó por dos décadas.
Un día los desequilibrios políticos lo dejaron en derrota, y fue extraditado para ser juzgado en Francia.
En el gran salón que conducía al estacionamiento de coches, el anciano esperaba, rodeado de soldados.
Un único periodista- el único que sabía cóm sobornar al oficial de guardia-, se acercó, confianzudo, al anciano esposado.
Éste ya no tenía la expresión de de un rato antes, sino que estaba sereno y casi erguido, en un remedo de su casi olvidado porte militar.
El periodista, joven y convencido de que esa entrevista lo catapultaría al éxito, lo estudió brevemente en silencio hasta conseguir sentirse superior, y entonces le preguntó:
-¿Cómo se puede sentir un hombre de su edad, al constatar que la ideología de toda su vida estaba equivocada y que la democracia es más fuerte?
El anciano levantó hacia el periodista sus ojos celestes. Tenía en los labios una suave sonrisa confiada.
-¿Quién le dijo a usted que la ideología de toda mi vida está derrotada?- y dejó correr una pausa que el periodista aceptó en silencio-: note que me acaban de condenar por la muerte de cuarenta y cuatro judíos franceses que hice fusilar en Izieu. Europeos, joven. Y nadie me condenó ni menos me acusó ni mucho menos recordó en todo este proceso los miles de sudamericanos indios y mulatos que torturé y maté en Bolivia y Paraguay durante veinte años en las mismas condiciones que lo hacía en Europa
Si nosotros decíamos que había una raza superior- y según ustedes estábamos equivocados-, su democracia de usted entiende, por el contrario, que hay razas inferiores. Explíqueme la diferencia.
Los soldados lo metieron en una camioneta y se lo llevaron a la penitenciaría.
Fuera del edificio, grupos de europeos gritaban, indignados.
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