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HERMANO CHORRO Carlos de la Púa

(...)

Con tal que no sea al pobre,
robá, hermano, sin medida...
Yo sé que tu vida de orre
es muy jodida

Tomá caña, pitá fuerte
jugá tu casimba al truco
y emborrachate: el mañana
es un grupo.

¡Tras cartón está la muerte!

lunes, 21 de febrero de 2011

La mujer se liberó de los viejos esquemas: trabaja, gana su jornal y con ello si libertad.
Libertad¿para qué?
Para decir que no.
Que no quiere depender del hombre, económicamente hablando, y con ello se iguala al hombre. Gana en poder de decisión al poder "yo pago porque trabajo y desde ahora decido y quiero que ésto se haga así. Y vivo como quiero vivir, con marido o no"
Es decir que se igualó al hombre.
Pero para eso debió y debe pagar el precio de percibir menos por hacer igual tarea que el hombre.
¿Por qué? Porque el sistema que le dio siempre trabajo al hombre y ahora se lo da a ella, entiende que ahorra, y en ese sistema el abaratamiento de costos en una virtud: paga menos por lo mismo. No es el hombre que la discrimina: es el sistema que la aprovecha.
Pero hay otra cosa, también.
La mujer se va de la casa- para ganar dinero y poder opinar y decidir-, y deja el viejo reino donde era señora indiscutida.
El tango registra hasta por demás el testimonio de la importancia de la mujer en la casa: era el diálogo con los hijos, era la idea de hogar como aglutinante, como refugio. Era el último contenido de lo sagrado pagano: un valor a respetar. Era donde se bebía el código de valores. En el hogar (el viejo antro donde ardía el fuego para todos, donde se comía y se bebía y se resolvían discutiendo los asuntos de la familia y la persona: el presente y el futuro) estaba la célula de lo indisoluble. Y en ese clima se criaba a la prole y eso lo que la prole conservaba, de ahí en más-, como recuerdo, como modelo, como guía.
La mujer se liberó y se fue de la casa, y cuando vuelve lo hace tan cansada como el marido- si es que lo tiene-, y es tan difícil de abordar por parte de los hijos como lo es el marido. Ergo: la prole no tiene, ya, sentido de hogar porque ya lo conforman ellos solos, sin consejo de mayores; no tienen diálogo, no tienen apego por la familia, no tienen interés en reproducir en su vida ese descalabro.
Pero sobre todo, ya no recuerdan, como otras generaciones lo hacían, el gusto del bizcochuelo casero, del pan casero, de la pasta casera, del tuco casero.
Ahora la vida tiene gusto a supermercado.

John Doe

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