En varias ocasiones se le preguntó al escritor Tomás
de Mattos acerca de las influencias que recibió y de qué escritor o escritores.
Se mencionó a Nathaniel Hawthorne, a Herman
Melville, a Flaubert, a Faulkner como faros que iluminaron sus lecturas, su
formación como escritor, y- uno supone- como ángeles tutelares que miran por
encima de su hombro cuando de Mattos toma una hoja de papel y una lapicera.
También sucede esto con otros escritores- es casi
una norma del periodista “cultural”-, pero, por razones de comodidad,
atengámonos a Tomás de Mattos como único caso.
Todos los escritores nombrados como “influencias”
son escritores ya consagrados, por sus países y por el tiempo transcurrido, lo
que los hace universalmente aceptados por la gente de letras y seguramente,
modelos dignos de imitar, o sea influencias benéficas.
¿Qué le debe de Mattos a esos señores?. Nada. De Mattos es
un excelente escritor, que, como todos los escritores, tomó, en el camino de su
vida, todos los elementos compatibles con su carácter, su formación y su idea,
como todo ser humano en su sociedad.
Todos los elementos.
Los que le servirían para escribir, pero también los
culturales de su Tacuarembó natal, los nacionales del país, los modales, los
gustos, el idioma y sus giros, el pensamiento, las ideas religiosas, el corte de
la ropa, la estética imperante, el corte de pelo y el sentido de la marcha del
automóvil por la derecha de la calle.
Digámoslo: Tomás de Mattos adquirió toda su base de
formación bajo la influencia de sus padres, hermanos, ciudad, país, época,
vecinos, parientes, profesores, y un larguísimo etcétera. Lo mismo que le
sucede a cualquier otro ciudadano de Tacuarembó, de Montevideo, de San Gregorio
de Polanco, de Conchillas o de Caracú Quemado.
Pero, seguramente, habrá -en Tacuarembó o en
Montevideo, etc.-, algún otro connacional que se dedicó a la Ingeniería y
seguramente construye casas o embalsa aguas. ¿Alguien le preguntó a ese
Ingeniero cuáles fueron sus influencias a la hora de diseñar un bloque de
viviendas o de canalizar un sistema de aguas?.
Tal vez otro de los coetáneos de de Mattos sea
pintor de paredes. ¿Alguien le preguntará algún día quién lo influenció en la
manera de tomar el pincel o de sumirlo en la lata de pintura?
¿Y si fuera político? ¿Quién lo influenció en la
oratoria, en la flexibilidad de espalda, en el pase sorpresivo de la lista de
diputados a la de senadores o en la habilidad para elegir ministerio?
¿Y si fuera carpintero? ¿Qué influencias a la hora
de cortar un tablón o cepillar la pata de una cama?
¿Por qué se les requiere de influencias solamente a
los escritores?
Porque los demás- ingenieros, arquitectos, pintores,
políticos, carpinteros, futbolistas, marinos, quiosqueros, joqueys- tiene su
obra a la vista y esa obra es comprensible por todos, sin esfuerzo, mientras
que el escritor tiene su obra condensada en un libro de muchas páginas y el
periodista puede no tener la mínima idea de lo que está encerrado ahí. Porque
la aventura consiste en abrirlo y leerlo y tal vez el periodista no tuvo
tiempo, o simplemente desconoce la materia de que está compuesto el mundo de
ese libro, y entonces la curiosidad por las influencias tiene el mismo sentido
de cuando un niño, ante un plato de comida desconocido, pregunta: ¿es dulce? ¿está caliente? ¿qué tiene,
adentro? para saber si puede morderlo sin consecuencias dolorosas.
Melville fue otro excelente escritor, pero no tiene
ninguna cuenta pendiente con de Mattos, por la simple razón de que él,
Melville, a su vez, tomó lo que le sirvió de otros escritores anteriores, y con
eso y su bagaje formó su propio mundo literario.
Pero los
periodistas culturales desconocen absolutamente quiénes fueron las influencias
literarias de Melville.
Lo mismo vale para Hawthorne, Flaubert, Faulkner y
cualquier otro. Saquearon lo que consideraron valioso de escritores anteriores,
de la misma forma en que el sastre aprende de su maestro, un escultor del suyo,
un alfarero del suyo, un panadero del suyo. Pero en estos casos no se habla
jamás de influencias.
Tal vez para el periodista- y para el mundo cultural en
general- solamente son genios absolutos aquellos artistas de los que no se
conoce quiénes fueron sus maestros, y como no tienen maestros a la vista,
entonces son genios auténticos. ¿Quién influenció a Homero, a Esopo, a
Sófocles, a Valmiki, a Esquilo, a Apolonio de Rodas, a Eurípides? ¿Quién a
Shakespeare, a Cervantes, a Virgilio, a Apuleyo, al Arcipreste de Hita, a
Firdusi o Murasaki?
¿Nadie? Entonces, está claro que son Genios.
porque aprendieron solos.
Tomás de Mattos es un excelente escritor por sí
mismo. No precisa anteponer el nombre de nadie, por encumbrado que sea, como
Padrino de oficio porque su labor es únicamente suya- su imaginación, su
intelecto, su experiencia, su técnica, su fraseo, su sacrificio de horas, su
amor por lo que hace-.
Y los méritos, también.
20/9/11
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