Buscar este blog

HERMANO CHORRO Carlos de la Púa

(...)

Con tal que no sea al pobre,
robá, hermano, sin medida...
Yo sé que tu vida de orre
es muy jodida

Tomá caña, pitá fuerte
jugá tu casimba al truco
y emborrachate: el mañana
es un grupo.

¡Tras cartón está la muerte!

martes, 20 de septiembre de 2011


LA FAMA ES PURO CUENTO


Llama la atención la admiración que despiertan en algunos indios de esta tribu aquellos personajes de la historia- sobre todo la más reciente-, a quienes la historiografía internacional consagró y casi canonizó, a favor de sus intereses.
Que los consagren los interesados, vaya y pase, pero que desde aquí- otra latitud, otra distancia, supuestamente otros intereses- se repitan tan al pie de la letra las fanfarrias y las alabanzas, ya es otro cantar.
Viene al caso por leer los ditirambos que inspiran a ciertos compatriotas la sublime escala humana a que se eleva la tozudez de Winston Churchill frente a la amenaza del loco Hitler: admira a éstos corifeos el tesón y la bravura con que condujo a su país frente a la quintaesencia de la maldad y el horror, el superlativo de la barbarie.
No hay nada como escribir algo con sesenta o más años de distancia, teniendo a favor los resultados de todos los entredichos.
Pero ni Hitler era la suma de la maldad, ni Churchill era el heroico anciano que se oponía tenazmente a la barbarie nazi.
Mirado sin apasionamiento, Hitler representa al país en expansión que necesita ampliar violentamente su área de influencia, anexando mercados  y clientela para los productos que su industria produce, a los que subyuga, y a los que obliga a ser aquiescentes y cooperadores.
Ni más ni menos que Francia, que había hecho lo mismo muchos años antes – recuérdese al admirado Napoleón-, y que resultó vergonzosamente vencida por Hitler en tiempo récord, y tan vergonzosamente colaboracionista con sus invasores.
Ni más ni menos que Gran Bretaña. Y si no, recuérdese que fue la empresa líder en transporte de esclavos durante, al menos, doscientos años; cómo pretendió apropiarse de nuestra Banda en 1806, o memórese a Sir Francis Drake, a Morgan, a la conquista de la India, a la Guerra del Opio y la de los Boxers en China, o la forma como hizo combatir por ella a Brasil, Argentina y el Uruguay colorado de Venancio Flores para arrasar al Paraguay independiente de los López o cómo era dueña del comercio argentino de carnes, denunciado por Lisandro de la Torre en 1933.
Ni más ni menos que aquellos norteamericanos que invadieron todo el oeste de su país, aniquilando a los moradores originales, en nombre de lo que entendían como legítima necesidad de expansión de su comercio e industria.
Es preciso recordar -sin apasionamientos-, que Churchill, que influía en la diplomacia inglesa, fue de los que dejó hacer a Hitler. De los que sabía que se armaba y montaba la maquinaria de la guerra e hizo la vista gorda al incremento y preparación del ejército alemán, y permitió- detrás de Neville Chamberlain- que Hitler convirtiera a Alemania en un ejército poderoso, entrenado y ganoso de estrenarse.
¿Por qué?
Dos cosas lo tranquilizaban, y con eso él tranquilizaba a los nerviosos.
Una, el Tratado de Versalles, que limitaba el armamento alemán, y que él, Churchill estaba seguro de poder volver a limitar.
Dos, la propaganda nazi apuntaba solamente a la URSS y los soviéticos, cosa que beneficiaba a Gran Bretaña.
Que éstos vayan contra aquellos: se desgastarán los dos, y Gran Bretaña, dueña de Europa, se apoderará  de los dos, financiará su recuperación y mantendrá su hegemonía.
La sorpresa fue que Hitler quiso empezar por Europa, de donde era vecina cercana Gran Bretaña.
Tuvimos que elegir entre la guerra y el deshonor. Elegimos el deshonor. Pero tendremos la guerra. Así simplificó la situación Churchill, el viejo león, ante el Parlamento inglés. Ésa fue la amarga pastilla que se tuvo que tragar.
No peleó contra Hitler. Él, hijo de un Lord, a quien siempre se le abrieron todas las puertas, peleó- o hizo pelear- a favor de aquel Imperio que hizo de él un privilegiado. Peleó –o hizo pelear- por la vieja gloria que hacía distinción entre príncipes y comunes. Peleó- o hizo pelear- por la Reina y la aristocracia, y para lavar su ceguera de haber dejado armar a la maquinaria que iba a liquidar la hegemonía mundial del Imperio, peleó – o hizo pelear- para no quedar como un maldito por su clase y su pueblo.
Por eso su lucha fue desesperada.
Para no ver a Inglaterra- vieja y sangrienta conquistadora con 300 años de Imperio-, conquistada, a su vez, por otra horda de guerreros, como tantos años atrás, cuando hollaron su territorio los normandos o los sajones o los romanos, mientras los despreciados comunistas soviéticos seguían viviendo, lejos y relativamente a salvo.


                                                                                             John Doe

No hay comentarios:

Publicar un comentario